Hubo que esperar al partido de Arlington para disfrutar del mejor partido en lo que va de este Mundial. Tulipanes y nipones nos brindaron un partido vertiginoso, repleto de emociones y goles
Países Bajos dejó escapar dos puntos en su estreno mundialista frente a Japón, en lo que hasta ahora ha sido el encuentro más vibrante y competitivo del torneo. El conjunto dirigido por Ronald Koeman parecía tener el triunfo bajo control, pero terminó sucumbiendo a una vieja debilidad que históricamente ha acompañado a la selección neerlandesa en las grandes citas: la incapacidad para gestionar los momentos decisivos cuando la presión aumenta. Un gol de Daichi Kamada en el minuto 89, favorecido por un rebote dentro del área, privó a la ‘Oranje’ de una victoria que había merecido durante buena parte de la noche.
Más allá del resultado, el empate volvió a instalar interrogantes sobre el carácter competitivo de una selección que, generación tras generación, exhibe talento, recursos y fútbol de alto nivel, pero que sigue encontrando obstáculos cuando debe administrar ventajas o asumir el peso emocional de los escenarios trascendentales. El problema parece ir más allá de lo táctico: tiene que ver con una cuestión de personalidad colectiva, de convicción y de liderazgo en los instantes donde se definen los grandes objetivos.
Hubo que esperar al duelo disputado en Arlington para encontrar el primer gran espectáculo de este Mundial. Países Bajos y Japón ofrecieron durante largos pasajes un partido intenso, dinámico y cargado de alternativas, especialmente en una primera mitad que recordó aquellas grandes tardes mundialistas en las que dos selecciones con ambición intercambiaban golpes sin especular demasiado con el resultado. Durante 45 minutos, el encuentro recuperó el espíritu de los torneos que se construyen desde la valentía y no desde el cálculo.
Precisamente, uno de los fenómenos que está dejando este nuevo formato mundialista es una tendencia creciente hacia la prudencia extrema. La ampliación de las posibilidades de clasificación mediante el acceso de los mejores terceros ha modificado la lógica competitiva de la fase de grupos. Perder se ha convertido en un riesgo demasiado costoso y sumar, incluso sin convencer, adquiere un valor estratégico enorme. Como consecuencia, el miedo a equivocarse parece imponerse con frecuencia sobre la voluntad de ganar.
Bajo ese contexto se presentó Japón. El equipo de Hajime Moriyasu sorprendió por su planteamiento conservador pese a contar en el campo con varios futbolistas de clara vocación ofensiva. Replegado cerca de su área durante buena parte del primer tiempo, el conjunto asiático apostó por reducir espacios y esperar oportunidades de transición. Países Bajos, por su parte, tampoco asumió riesgos excesivos. Su posesión estuvo marcada por la cautela, priorizando la seguridad en la circulación antes que la agresividad en los últimos metros. Sin embargo, el dominio territorial neerlandés fue evidente y terminó inclinando el desarrollo del encuentro hacia el campo japonés.
Las ocasiones más claras de la primera mitad llevaron sello neerlandés. Apenas comenzado el partido, un potente disparo de Donyell Malen obligó a una notable intervención de Zion Suzuki. La escena se repetiría poco antes del descanso, cuando el delantero volvió a encontrarse con la rápida reacción del guardameta japonés, esta vez tras un remate de cabeza. Países Bajos no era arrollador, pero transmitía la sensación de estar más cerca del gol.
Y finalmente lo encontró. Ante la dificultad para penetrar por dentro, la solución apareció donde suele hacerlo cuando se trata de la selección neerlandesa: en la superioridad física y el juego aéreo. Virgil van Dijk, uno de los grandes referentes de este equipo, aprovechó un preciso centro de Ryan Gravenberch para imponerse en el área y conectar un cabezazo impecable al inicio del segundo tiempo. El tanto rompió definitivamente el equilibrio y obligó a Japón a abandonar la prudencia que había marcado su plan inicial.
Cuando el partido se abrió, apareció la verdadera versión de Japón
El gol neerlandés transformó por completo el encuentro. Japón adelantó líneas, aumentó la intensidad de sus ataques y comenzó a jugar con una agresividad que hasta entonces había permanecido oculta. Apenas seis minutos después llegó la respuesta. Shunsuke Nakamura encontró demasiadas facilidades ante la pasividad defensiva de Denzel Dumfries y sacó un potente disparo desde la frontal que devolvió la igualdad al marcador.
A partir de ese momento, el partido adquirió una velocidad distinta. Los espacios comenzaron a aparecer y el intercambio de golpes se volvió constante. En ese escenario emergió una de las figuras más prometedoras del torneo: Crysencio Summerville. El extremo neerlandés volvió a demostrar que posee ese tipo de talento capaz de alterar partidos cerrados. Su desequilibrio, velocidad y capacidad para generar ventajas fueron un problema permanente para la defensa japonesa. No sorprende que fuera él quien devolviera la ventaja a Países Bajos con un preciso disparo cruzado que confirmó su candidatura a convertirse en una de las revelaciones de este Mundial.
Con el 2-1 a favor y el control emocional aparentemente recuperado, el partido parecía encaminarse hacia una victoria neerlandesa. Sin embargo, fue entonces cuando apareció la versión más discutible de Ronald Koeman. El seleccionador optó por proteger la ventaja mediante una serie de cambios que modificaron por completo la actitud de su equipo. Lo que hasta entonces había sido una selección dominante pasó a convertirse en un bloque cada vez más retrasado, preocupado por conservar antes que por competir.
La decisión tuvo consecuencias inmediatas. Países Bajos renunció progresivamente al balón, cedió metros y permitió que Japón encontrara una confianza que hasta entonces no había tenido. El conjunto asiático comenzó a acercarse con insistencia al área rival y terminó ofreciendo precisamente la versión ofensiva que muchos esperaban desde el inicio.
La recompensa llegó cuando el partido agonizaba. En una acción nacida desde un córner, el balón terminó favoreciendo a Daichi Kamada, cuyo remate encontró un rebote decisivo antes de superar al portero neerlandés. El empate puede parecer excesivo si se analiza el desarrollo global del encuentro, pero fue consecuencia directa del paso atrás de una selección que, una vez más, permitió que las dudas sustituyeran a las certezas.
Porque más allá del infortunio puntual de la jugada, el desenlace vuelve a señalar una tendencia recurrente. Países Bajos posee calidad suficiente para competir con cualquiera, pero continúa mostrando dificultades para sostener emocionalmente las ventajas cuando la exigencia aumenta. Quizá la ausencia de títulos mundiales en una de las grandes potencias históricas del fútbol no responda únicamente a una cuestión de mala suerte. Tal vez, como volvió a suceder en Arlington, tenga más relación con esos instantes en los que el miedo pesa más que la convicción.

/por Alessandro González. Fotos: Global Play. Video: DSports

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