Sorprendente inicio de campeonato del equipo que la temporada pasada estuvo a punto de descender: ganó en Bilbao y tiene 6 puntos en dos partidos
El Sevilla Fútbol Club atraviesa un comienzo de Liga que, hasta hace apenas unas semanas, difícilmente habría podido imaginar incluso el más optimista de sus seguidores. El conjunto de Luis García Plaza consiguió su segunda victoria consecutiva y completó un pleno de seis puntos en las dos primeras jornadas, una situación especialmente significativa para un equipo que durante los últimos años convirtió los arranques de temporada en un territorio incómodo, condicionado muchas veces por plantillas incompletas, dudas futbolísticas y una planificación que llegaba tarde a las primeras exigencias competitivas.
Por eso, el triunfo conseguido en San Mamés adquiere un valor que va mucho más allá de los tres puntos. El Sevilla no solamente ganó, sino que lo hizo en un escenario de máxima exigencia y aprovechando con inteligencia una circunstancia que condicionó el desarrollo del encuentro desde muy temprano: la expulsión de Yuri en el minuto 11. Una decisión arbitral que, más allá de cualquier interpretación posterior, resultó justificada por la naturaleza de la acción.
El lateral izquierdo del Athletic derribó a Miguel Sierra cuando el futbolista sevillista había conseguido hacerse con un balón especialmente peligroso después de una presión iniciada por Robbie Ure. Sierra avanzaba con campo abierto hacia la portería de Unai Simón, que además se encontraba fuera de su posición habitual. El escenario era evidente: el Sevilla había encontrado una transición con ventaja y Yuri terminó recurriendo a una infracción que, por la posición del atacante y la ausencia del guardameta, tenía consecuencias mayores.
Y la superioridad numérica terminó teniendo un efecto prácticamente inmediato. Apenas cuatro minutos después, Robbie Ure volvió a presionar, esta vez sobre Unai Simón, y consiguió incomodar al guardameta hasta provocar un error que terminó aprovechando Oso para marcar a puerta vacía el 0-1.
El Sevilla había golpeado dos veces en cuestión de minutos: primero, consiguiendo una expulsión que modificó completamente el escenario competitivo; después, transformando esa superioridad en ventaja en el marcador. Con un futbolista más y el resultado a favor, la lógica del partido indicaba que el conjunto visitante tenía todo de su lado. La única amenaza real era que los propios sevillistas terminaran complicándose una situación que parecía favorable.
Y ahí apareció la experiencia de Luis García Plaza, un técnico acostumbrado a gestionar partidos complejos y a entender que, en determinadas circunstancias, ganar también significa reducir al mínimo los riesgos. El entrenador sevillista lo demostró durante el descanso con una decisión tan llamativa como pragmática: realizó tres cambios de una sola vez.
Los tres jugadores que habían recibido tarjeta amarilla durante el primer tiempo abandonaron el terreno de juego. No era necesario correr un riesgo adicional. Con un futbolista más, una ventaja en el marcador y un rival obligado a jugar durante todo el segundo tiempo en inferioridad, mantener sobre el campo a jugadores condicionados disciplinariamente podía transformar un escenario favorable en una amenaza innecesaria.
García Plaza decidió adelantarse al problema antes de que apareciera. Y el desarrollo posterior del encuentro terminó dándole la razón.
El entrenador que, hasta ahora, parece haber conseguido cambiarle el aire al Sevilla, tanto desde el punto de vista futbolístico como desde la gestión de las circunstancias que rodean cada partido, encontró además una confirmación perfecta en los dos goles que llegaron durante el segundo tiempo. Ejuke e Isaac, dos de los tres futbolistas que ingresaron en el descanso, terminaron siendo protagonistas directos de una victoria que el Sevilla encaminó definitivamente en la segunda mitad.
Todo había comenzado, en realidad, con la influencia silenciosa de Robbie Ure. El delantero escocés, que había dejado buenas sensaciones en la primera jornada frente al Rayo Vallecano, recibió nuevamente la confianza del entrenador y fue titular en San Mamés. No necesitó marcar ni entregar una asistencia para convertirse en uno de los nombres propios del partido.
Su influencia estuvo precisamente en aquello que muchas veces no aparece reflejado en las estadísticas.
Primero, participó en la presión que provocó la pérdida de los centrales del Athletic y permitió que Miguel Sierra quedara en una posición inmejorable para atacar el espacio. La posterior infracción de Yuri terminó provocando la expulsión. Después, Ure volvió a aparecer en la presión sobre Unai Simón y consiguió incomodarlo lo suficiente como para que el guardameta cometiera el error que permitió a Oso marcar.
Casi sin necesidad de tocar el balón de manera decisiva, Robbie Ure fue determinante en las dos acciones que modificaron completamente el partido. Su trabajo representó, además, una de las señales más interesantes de este nuevo Sevilla: un equipo que parece comenzar a encontrar valor en la presión, en la intensidad y en el aprovechamiento de los errores del adversario.
Con ventaja en el marcador y superioridad numérica, el conjunto sevillista entendió que el partido no requería heroicidades. Requería control.
El Athletic intentó reaccionar porque San Mamés obliga a hacerlo. El conjunto vasco buscó rebelarse contra una situación que se le había puesto completamente cuesta arriba, avanzó metros y consiguió aproximarse en varias oportunidades a la portería defendida por Vlachodimos. Sin embargo, buena parte de esas aproximaciones terminaron siendo más una demostración de voluntad que una amenaza real.
Los locales probaron principalmente con disparos desde la frontal, pero el arquero alemán respondió con seguridad y sin verse obligado a protagonizar intervenciones desesperadas. El Sevilla, consciente de que el tiempo jugaba a su favor, fue administrando el partido.
García Plaza elimina cualquier riesgo
Había, eso sí, una cuestión pendiente: el Sevilla debía conseguir tener más la pelota, asegurarla y aprovechar su superioridad numérica para castigar todavía más a un Athletic golpeado física y emocionalmente. Pero también era necesario entender las limitaciones de la plantilla.
El actual Sevilla puede ofrecer intensidad, orden y capacidad para aprovechar determinados escenarios, pero todavía está lejos de ser un equipo construido para dominar durante largos períodos mediante la posesión. Exigirle que transformara automáticamente una superioridad numérica en un control absoluto podía resultar tan injusto como poco realista.
Por eso, García Plaza eligió otro camino: reducir los riesgos.
Los minutos transcurrían y el técnico sevillista tenía claro que el partido solamente podía complicarse por una circunstancia que él mismo podía prevenir. San Mamés presiona, condiciona y obliga a tomar decisiones bajo una enorme tensión. Con tres jugadores amonestados, cualquier acción podía terminar en una segunda tarjeta y devolver al Athletic una posibilidad que parecía prácticamente extinguida.
El entrenador decidió entonces aplicar una máxima tan antigua como efectiva: quien elimina el riesgo, también elimina buena parte del peligro.
Tres jugadores amonestados, tres jugadores sustituidos.
La apuesta, además, terminó teniendo una recompensa inmediata. Isaac, ubicado en una posición mucho más natural como segundo punta, y Ejuke se transformaron en protagonistas del segundo tiempo.
El primero participó directamente en la construcción del 0-2. Isaac supo quedarse con un balón recuperado por Oso, consiguió romper la línea defensiva del Athletic y, en lugar de precipitarse, esperó el momento exacto para entregar la pelota a Ejuke. El nigeriano resolvió con enorme calidad, levantando el balón por encima de Unai Simón.
El remate terminó entrando por el centro de la portería y el Sevilla encontraba así el segundo golpe de la tarde. Ya no se trataba únicamente de aprovechar la superioridad numérica: el equipo de García Plaza estaba consiguiendo transformar su ventaja táctica en una diferencia prácticamente definitiva en el marcador.
Y todavía habría espacio para otro golpe.
Un error de Areso permitió que Oso recibiera con tiempo suficiente para levantar la cabeza y tomar una decisión correcta. El delantero no se precipitó, encontró a Isaac en el borde del área y el atacante sevillista conectó un excelente zurdazo que resultó imposible incluso para un arquero de la categoría de Unai Simón.
0-3 en San Mamés.
El resultado adquiría entonces una dimensión enorme para un Sevilla que, durante los últimos años, había acostumbrado a sus hinchas a convivir con incertidumbres, reconstrucciones y comienzos de temporada poco convincentes. Un equipo construido, en buena medida, con futbolistas que llegaron sin grandes desembolsos y con jugadores formados en su propia cantera era capaz de situarse con una ventaja contundente en uno de los estadios más difíciles de España.
El Athletic tenía un jugador menos desde el minuto 11. Pero esa circunstancia no debía convertirse en una excusa para el Sevilla. La infracción de Yuri había cambiado el partido y los visitantes hicieron exactamente lo que debía hacer un equipo que aspira a competir: aprovechar la oportunidad.
Los locales consiguieron descontar gracias a Paredes, quien aprovechó uno de los córners y encontró uno de los pocos espacios que dejó la defensa sevillista. El 1-3 podía abrir una puerta a la incertidumbre. Un segundo gol del Athletic habría obligado al Sevilla a gestionar un escenario completamente diferente, especialmente ante un San Mamés que comenzaba a empujar con más fuerza.
Pero ahí apareció nuevamente la capacidad de resistencia del equipo de García Plaza.
El Sevilla no se descompuso. No entró en pánico y tampoco concedió ocasiones claras que permitieran al Athletic transformar su dominio territorial en una remontada posible. Los locales tenían la pelota, avanzaban y presionaban, pero encontraban una estructura sevillista que resistía con orden.
En ese sentido, Agoumé desempeñó un papel fundamental, comandando desde el centro del campo una defensa que supo proteger la ventaja. El Sevilla no necesitaba exponerse. No tenía ninguna razón para hacerlo.
Seis de seis para empezar a creer
Probablemente, el único aspecto discutible del partido fue que un Athletic con diez futbolistas consiguiera ejercer durante largos pasajes un dominio territorial tan evidente. Pero incluso ahí el Sevilla transmitió una sensación diferente a la de temporadas anteriores: parecía tener claro lo que estaba haciendo.
No necesitaba ganar cada duelo. No necesitaba monopolizar la posesión. No necesitaba atacar constantemente. Necesitaba administrar una ventaja que había construido muy temprano y evitar que el partido entrara en una dinámica imprevisible.
Y lo consiguió.
La impresión final fue que, si el Sevilla hubiese necesitado apretar nuevamente el acelerador, probablemente habría encontrado espacios para hacerlo. Pero no existía ninguna razón para asumir ese riesgo.
En agosto, cuando las plantillas todavía están en construcción y los equipos buscan su identidad, sumar seis puntos de seis tiene un valor extraordinario, especialmente para un Sevilla que durante demasiado tiempo sufrió precisamente por no poder arrancar con estabilidad.
El objetivo realista no cambia por dos victorias. La prioridad continúa siendo construir una temporada mucho más tranquila, consolidar una plantilla competitiva y alcanzar cuanto antes una cifra que permita mirar el resto del campeonato con mayor tranquilidad: los 43 puntos.
Pero una cosa es el objetivo y otra muy distinta la sensación que dejan las primeras jornadas.
Y el Sevilla tiene motivos para ilusionarse.
El equipo ha ganado en casa en la primera jornada y ahora consiguió imponerse en un escenario tan complejo como San Mamés. Ha demostrado capacidad para aprovechar errores, inteligencia para administrar una ventaja, criterio desde el banquillo y, sobre todo, una madurez competitiva que no siempre estuvo presente durante los últimos años.
Todavía queda muchísimo camino por recorrer y sería prematuro convertir dos partidos en una sentencia sobre el futuro. Pero el fútbol también se construye a partir de las señales.
Y las primeras que entrega este Sevilla son inequívocas.
Seis puntos de seis. Dos victorias. Un triunfo de enorme autoridad en San Mamés y un equipo que, por primera vez en mucho tiempo, parece haber encontrado una manera distinta de comenzar la temporada.
Por ahora, los sevillistas tienen todo el derecho del mundo a disfrutar. Después de tantos comienzos llenos de dudas, este arranque merece, al menos, detenerse un momento y saborearlo.
Seis de seis. Ni más ni menos.
/Sol García Lineros, corresponsal de todo fútbol en España. Fotos: El diario de Sevilla. Video: ESPN

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