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Carlitos Palacios sigue en racha: entró y constribuyó a la goleada de Boca ante Unión (Video del 3-0 en La Bombonera)

Carlitos Palacios sigue en racha: entró y constribuyó a la goleada de Boca ante Unión (Video del 3-0 en La Bombonera)

Cuando el partido estaba 1-0 – ya entrado el segundo tiempo, Arruabarrena dispuso el ingreso de los dos chilenos, La Joya y Williams Alarcón, más Enner Valencia y el pibe Leonel Flores, que anotó los dos goles restantes

“Vamo’ a traer la Copa a la Argentina, la Copa que perdieron…”. El canto que cerró la noche en la Bombonera después de la contundente victoria de Boca por 3-0 sobre Unión, por el Torneo Clausura, no fue una celebración más ni una simple ocurrencia de la tribuna. Tuvo una dedicatoria especial, pero también funcionó como una declaración de intenciones. La mirada de los hinchas ya está puesta en la Copa Sudamericana, incluso en una noche en la que el equipo acababa de dar otro paso importante en el torneo local.

El triunfo, además, le permitió a Boca descontarle dos puntos a Independiente Rivadavia, acercándose a la parte alta de la tabla anual, mientras se mantiene considerablemente alejado de la zona baja de su grupo. Todo eso ocurre, además, pocos días después de haber conseguido la clasificación a las semifinales de la Copa Argentina. Es decir, el equipo del Vasco Arruabarrena atraviesa un escenario en el que todavía tiene múltiples caminos abiertos.

La escena de la Bombonera, por lo tanto, también sirve para describir el momento que atraviesa Boca: un equipo que está vivo en todos los frentes, que ha conseguido transformar su rendimiento en resultados y que, a esta altura de la temporada, aparece como uno de los principales protagonistas de la lucha por los distintos títulos que todavía tiene por delante. La confianza de su gente no nace solamente de la tabla ni de una goleada puntual, sino de una evolución futbolística que empieza a ofrecer señales concretas.

La paradoja respecto del anterior partido ante los santafesinos en la Bombonera —también un viernes por la noche, en julio de 2025 y con aquel empate agónico conseguido por el equipo de Miguel Ángel Russo— permite dimensionar mejor ese recorrido. Hay un punto en común entre aquella noche y esta, pero también una distancia futbolística considerable. Y el hilo conductor vuelve a tener un solo nombre: Leandro Paredes.

En aquella oportunidad, el mediocampista hacía su redebut con la camiseta de Boca después de 11 años. En los pocos minutos que disputó, ejecutó un tiro libre sobre el final que terminó derivando en el empate, precisamente con un cabezazo de Lautaro Di Lollo, el mismo defensor que esta vez abrió el marcador. Y nuevamente después de un centro ejecutado por el capitán.

La coincidencia es llamativa, pero lo verdaderamente importante no está en la casualidad de los protagonistas. Está en lo que ocurrió entre una noche y otra y, especialmente, en la manera en que Boca fue construyendo una identidad diferente alrededor de Paredes. Porque el mediocampista no solamente aporta calidad individual, precisión en la pelota detenida y capacidad para manejar los tiempos: también parece haber generado un efecto multiplicador sobre el funcionamiento colectivo.

Por eso, esta versión de Boca no puede explicarse exclusivamente desde la presencia de Paredes, aunque su influencia resulte evidente. El verdadero cambio está en lo que el equipo consiguió construir alrededor suyo. Su capacidad para ofrecerse como salida, para acelerar cuando corresponde y para encontrar siempre una línea de pase diferente ha contagiado a sus compañeros y le ha permitido al conjunto del Vasco desarrollar un fútbol mucho más elaborado.

Boca hoy tiene una circulación que no depende exclusivamente del pelotazo ni de la inspiración individual. Hay movimientos coordinados, asociaciones en distintos sectores y una intención cada vez más clara de progresar mediante pases cortos, ocupación racional de los espacios y movilidad. La pelota deja de ser solamente un elemento para atacar y pasa a transformarse también en un mecanismo para controlar los partidos.

Esa es, probablemente, una de las principales diferencias que explica su actualidad. El equipo no necesita dominar permanentemente para transmitir sensación de control. Tampoco requiere estar goleando para sentirse superior. Hay una estructura que permite sostener el rendimiento incluso cuando el rival consigue incomodarlo. Y eso, en una temporada con tantos objetivos simultáneos, adquiere un valor enorme.

La radiografía general del partido ante Unión explica mucho más que el simple 3-0. El conjunto santafesino quedó reducido, en buena parte, a esperar algún error de Boca y aprovechar las aproximaciones que pudiera construir. Las tuvo, especialmente a través de Nacho Malcorra, pero sin la claridad suficiente como para transformar esas llegadas en verdadero peligro. Ni Luna Diale ni Tarragona consiguieron alterar demasiado la tranquilidad defensiva del local.

También es cierto que Unión estuvo lejos de mostrar la habitual fortaleza de aquellas formaciones graníticas y utilitarias que suelen caracterizar a los equipos de Madelón. Pero una parte importante de esa explicación estuvo precisamente en Boca. Porque cuando el conjunto local conseguía recuperar la pelota, casi siempre encontraba un pase más, una alternativa diferente, una descarga que permitía superar la primera línea de presión y volver a instalarse en campo rival.

El partido pudo haberse abierto antes. Un centro de Sebastián Villa encontró a Miguel Merentiel sin que el delantero pudiera conectar correctamente, mientras que Alan Velasco tuvo otra posibilidad mediante un cabezazo defectuoso después de un nuevo centro desde la derecha, esta vez enviado por Leandro Lozano. Boca ya estaba avisando que encontraba espacios y que la resistencia visitante dependía más de su propia falta de precisión que de una imposibilidad estructural para generar peligro.

Hasta que a los 22 minutos apareció el salto en alto de su primer marcador central. Lautaro Di Lollo conectó el envío y abrió el partido, poniendo en el marcador una diferencia que Boca ya había insinuado con su funcionamiento.

A partir de ahí, el equipo supo jugar con la ventaja sin caer en la tentación de acelerar innecesariamente. Y esa capacidad para administrar los tiempos también forma parte de su evolución. Boca no necesita convertir cada recuperación en un ataque desesperado ni cada posesión en una ocasión de gol. Puede circular, esperar, mover al rival y elegir el momento adecuado para volver a atacar.

Esa confiabilidad se había visto incluso en escenarios mucho más complejos. El equipo la mostró, aunque con bastante riesgo, cuando el domingo pasado llegó a estar dos goles abajo en Rosario y consiguió reaccionar. Y volvió a confirmarla frente a Unión, en su regreso a la Bombonera después de tres semanas en las que debió jugar de manera consecutiva y siempre como visitante.

Ese contexto tampoco es menor. Volver a casa después de una seguidilla semejante, sostener la concentración y transformar el reencuentro con su público en una actuación convincente habla de un equipo que empieza a tener recursos para diferentes tipos de partidos. Puede sufrir, puede remontar, puede controlar y también puede resolver con autoridad cuando encuentra espacios.

El 1-0, sin embargo, seguía siendo demasiado corto para todo lo que Boca había producido y, sobre todo, dejaba abierta una ventana de incertidumbre innecesaria. Un gol de Unión podía modificar completamente el escenario y convertir una noche que parecía controlada en un final incómodo.

Fue entonces cuando apareció la frutilla del postre: Leonel Flores, la joven maravilla que acaba de regresar después de su explosión con la Selección Argentina. El atacante pudo celebrar por primera vez en el Templo y lo hizo por duplicado, completando una actuación que terminó de transformar el dominio de Boca en una goleada.

La efectividad terminó reflejando en el resultado una superioridad que ya se había insinuado durante buena parte del encuentro. Boca pasó de administrar una ventaja mínima a cerrar la noche con una diferencia contundente. Y con ello consiguió algo todavía más importante: transformar una actuación sólida en una nueva dosis de confianza para lo que viene.

Entonces la Bombonera se convirtió definitivamente en una fiesta. Y apareció el canto dedicado a esa Copa que ocupa un lugar cada vez más importante en el imaginario de los hinchas. No es casual que ocurriera justamente en el segundo partido que Boca disputó en una fecha FIFA para completar su calendario y sin encuentros pendientes.

El equipo llega, así, a una instancia de la temporada en la que cada victoria tiene una lectura doble. Sirve para sumar en el torneo local, pero también para alimentar una confianza que puede resultar decisiva en las competencias de eliminación directa. Boca ya está en las semifinales de la Copa Argentina, sigue bien posicionado en el Clausura y tiene la mirada puesta en la Sudamericana.

Por eso la fiesta de la Bombonera no se explica únicamente por el 3-0 ante Unión. Es la celebración de un equipo que siente que tiene motivos concretos para mirar hacia adelante. Con Paredes como eje futbolístico, con un mediocampo que se ha convertido en la usina de su juego y con una estructura que empieza a mostrar recursos en diferentes escenarios, Boca atraviesa un momento en el que la ilusión dejó de depender exclusivamente de la camiseta o de la historia.

Ahora existen argumentos futbolísticos detrás de esa expectativa.

Y mientras la gente canta pensando en otra Copa, Boca continúa avanzando en varios caminos al mismo tiempo. Con títulos todavía por disputar, objetivos diferentes y un calendario que comienza a entrar en su tramo decisivo. La posibilidad de un final feliz ya no pertenece solamente al terreno de los deseos: se alimenta de resultados, funcionamiento y una confianza colectiva que crece partido a partido.

Y, en esta etapa, Boca parece dispuesto a intentar que ese final no sea solamente uno. Puede haber varios.

a del anterior partido ante los santafesinos en la Bombonera (también en un viernes por la noche, en julio de 2025 y en un empate agónico que consiguió aquel equipo de Miguel Ángel Russo), es la diferencia entre un punto y otro de la línea de tiempo y el hilo conductor que los une. Y en ambos casos se resume a un solo nombre: Leandro Paredes. Aquella vez el capitán hacía su redebut en el club de sus amores tras 11 años. Y en el puñado de minutos que jugó, elevó un tiro libre agónico para el empate conseguido con un cabezazo del mismo Lautaro Di Lollo que esta vez abrió el marcador de la noche. Oh, casualidad, tras un centro del capitán.

Boca recibe a Unión en La Bombonera: hora, TV y formaciones

/Julián Lautaro Luque

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