El Barcelona necesitó recurrir a la versión más determinante de Raphinha para superar el que, hasta ahora, ha sido su compromiso más exigente de esta Liga. Los capitaneados por el chileno le dieron dura lucha al mejor equipo de la Liga
Un Sevilla valiente, intenso y perfectamente dispuesto a discutirle el control del partido convirtió el primer tiempo en un auténtico ejercicio de supervivencia para el conjunto azulgrana, que llegó a verse por debajo en el marcador tras el gol de Fofana. Sin embargo, el equipo andaluz no consiguió sostener semejante despliegue físico y emocional después del descanso. Allí emergió la figura del capitán barcelonista, desatado, decisivo y autor de un espectacular hat trick que le permite alcanzar los doce goles en apenas siete jornadas.
La victoria en el Sánchez-Pizjuán no solo confirma la capacidad de reacción del equipo de Hansi Flick, sino que también consolida un arranque de campeonato sencillamente extraordinario: siete partidos, siete triunfos y 21 puntos en disputa convertidos en botín azulgrana. El Barcelona se encuentra ahora a una sola victoria de igualar el mejor inicio liguero de su historia, protagonizado por el equipo dirigido por el Tata Martino en la temporada 2013-14, que encadenó ocho victorias consecutivas. Además, el resultado en Sevilla introduce presión adicional sobre el Real Madrid, que afrontará el derbi ante el Atlético con una desventaja de seis puntos respecto de su rival catalán.
Flick vuelve a sorprender con el once inicial
Si sorprender al adversario desde la pizarra puede convertirse en una herramienta para alterar sus planes, Hansi Flick decidió reservarse una carta hasta el último momento. Cuando todo apuntaba a que Szczesny asumiría la titularidad bajo los tres palos tras la baja preventiva de Joan Garcia, el croata Livakovic apareció en la alineación oficial apenas 75 minutos antes del inicio del encuentro. Una decisión inesperada que le permitió debutar en un escenario de máxima exigencia y que volvió a evidenciar la disposición del técnico alemán a introducir variantes cuando considera que pueden modificar el desarrollo de un partido.
Las otras novedades en la formación sí respondieron a una lógica más previsible. Cubarsí, Fermín y Gordon recuperaron su lugar en el once después de haber descansado el miércoles frente al Racing. Sus ingresos se produjeron en reemplazo de Gerard Martín —y no de Christensen, como inicialmente parecía más razonable—, Olmo y Adeyemi, respectivamente. En el lateral izquierdo se mantuvo Joao Cancelo, mientras Xavi Espart debió conformarse con observar el comienzo del encuentro desde el banquillo.
Flick apostó así por una combinación de frescura física y capacidad de respuesta individual para enfrentar a un Sevilla que, empujado por su público, prometía llevar el partido hacia un terreno incómodo. La elección del once no solo buscaba administrar esfuerzos en un calendario exigente, sino también encontrar soluciones ante un rival cuya intensidad podía poner a prueba la circulación azulgrana y su habitual capacidad para imponer condiciones desde la posesión.
El Sevilla convierte el inicio en una batalla de intensidad
Con el poderoso himno de El Arrebato todavía resonando en las tribunas del Sánchez-Pizjuán, resultaba difícil imaginar que los futbolistas del Sevilla pudieran saltar al césped sin dejarse arrastrar por una atmósfera cargada de entusiasmo y confianza. El conjunto andaluz venía mostrando señales positivas en su rendimiento y quiso trasladar ese impulso al terreno de juego desde el primer minuto, planteando un partido físico, agresivo y de permanente disputa.
El Sevilla no consiguió traducir esa intensidad inicial en ocasiones claras de peligro, pero sí logró incomodar al Barcelona a través de una presión adelantada y de robos de balón ejecutados con determinación. Cada recuperación cerca de la zona de construcción azulgrana se transformaba en una oportunidad para avanzar metros y acercarse al área visitante. En ese contexto, algunas entradas sobre Fermín y Lamine adquirieron una evidente carga intimidatoria, reflejando la intención local de no permitir que sus adversarios se sintieran cómodos ni encontraran espacios para desplegar su fútbol habitual.
El árbitro valenciano Martínez Munuera optó por permitir la continuidad del juego, una decisión que contribuyó a elevar la temperatura de un encuentro que desde sus primeros compases se desarrollaba al límite de la disputa física. El Barcelona tampoco se mantuvo al margen de ese escenario y respondió con entradas exigentes, aceptando el desafío de un Sevilla que había entendido que, para competir de igual a igual, debía convertir cada balón dividido en una declaración de intenciones.
La batalla estaba en marcha. Y aunque todavía no aparecían grandes ocasiones de gol, el partido ya dejaba una conclusión evidente: el Barcelona tendría que superar algo más que el talento de su rival si pretendía mantener intacta su marcha perfecta en el campeonato.
/Alessandro González. Fotos: Mundo Deportivo. Video. Espn

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