En la IDA habían igualado 1-1. El conjunto madrileño lo dio todo, pero no le alcanzó para igualar el gol de Saka, que le dio la clasificación al equipo londinense
No está obligado a más. La frase hecha que cabalga entre el título y la primera fase de esta crónica abrocha perfectamente la Champions que ha firmado el Atlético, con abrupto punto final en Londres. Porque el rojiblanco no parecía uno de los cuatro mejores equipos del continente, plantilla desequilibrada, recorrido hasta cierto punto errático, pero un iluminado con traje negro se empeñó de nuevo en desafiar cualquier lógica a la que llegaron las eliminatorias. Y por ahí cayeron tres rivales, uno mejor, otro peor, otro mediopensionista, hasta que apareció este Arsenal de Arteta que enfila ahora hacia Múnich. Ese viaje con el que fue lícito soñar…
Quizás se estaba exigiendo un imposible, pero es que el tipo había convencido a propios y extraños de que no lo era. Y, ante este rival de presupuesto disparado y hasta siete delanteros, que, apareciendo con Saka, Gyökeres y Trossard en el once, se permite dejar en el banquillo a Madueke, Havertz, Gabriel Jesús y Martinelli, el equipo rojiblanco se quedó a 45 minutos de toda una señora final. Por atender al contexto, el Atlético tiene tres puntas. Muy buenos dos de ellos, sí… pero tres. Se terminaría notando.
El diablo está en los detalles. Había manejado el Atlético la primera parte con cierta comodidad incluso, pero Gyökeres encontró por fin la espalda de la zaga cuando el reloj estaba a punto de exigir un armisticio. A partir de ahí, como suele suceder en estos casos, fue saliendo peor todo lo que podía salir mal: Oblak quedándose a media salida; Pubill cabeceando hacia los dominios de Trossard un servicio, el del sueco, que se dirigía hacia Giuliano; Ruggeri rompiendo el fuera de juego de Saka cuando el belga sacaba el disparo que palmearía el de las manoplas… Al inglés no le quedó otra que marcar después de 44 minutos en los que su equipo no había disparado a puerta.
Porque el Atlético se plantó de forma aparente e incluso lanzó dos contras a modo de aviso, que no acertaron a rematar Julián y Giuliano. El Arsenal volvía a exhibir su rostro táctico, ése que prioriza la seguridad sobre el riesgo, así que masticando sus jugadas al trote apenas hacía daño. El estadio no rugió, de hecho, hasta que una carrera de Gyökeres con Le Normand forzó el primer saque de esquina, recibido a toque de corneta. Lo curioso del caso es que esta vez a la tropa de Arteta le dio por la estrategia, así fue ahí, así sería en el segundo y en el tercero, en vez de probar la vieja suerte del centro y remate, defendida de aquella manera a lo largo del curso por el Atlético.
Simeone había introducido apenas un cambio respecto a la ida, el de Le Normand por Cardoso, aunque con efecto dominó para las posiciones de Pubill y Llorente. Uno de los debes que deja la semifinal en ese sentido es cierta incapacidad para percutir por bandas, neutralizado casi siempre Giuliano, siempre Lookman. El árbol que se había movido era el de Arteta: hasta cinco novedades atendiendo al Metropolitano. Por ahí lo más llamativo era la suplencia de Zubimendi, tirando de Lewis-Skelly para que flotara por el mediocampo…
El equipo local ganaba metros casi por inercia, con El Cholo desgañitándose para adelantar la línea. El compromiso era conmovedor, las cosas como son, había que ver a Grizi festejando como un gol lo que había sido acción defensiva ante el ariete gunner. En realidad ese primer acto se diluía sin ocasiones claras, algún disparo de Gabriel desde lejos, alguna llegada a línea de fondo, hasta que se fue al traste tanto trabajo en un visto y no visto. Una jugada sin la suficiente intensidad, sólo una, ponía la semifinal en solfa. Porque otra cosa no, pero a este Arsenal cuesta fútbol y ayuda hacerle gol. Y había que hacerlo, ya no quedaba otra.
Y lo tuvo Giuliano enseguida, pero Gabriel le fue comiendo la tostada poco a poco cuando aquello parecía un mano a mano. Ese acto decisivo nació extraño, porque por minutos pareció romperse, y de hecho Antoine halló otra, despejada por Raya, justo antes de que el árbitro hiciera una de ésas que hacen en Europa, encontrando un leve toque de Pubill para pitar una falta con la que hacerse el longuis ante el flagrante penalti posterior de Calafiori al propio Griezmann.
Simeone tiró de repente un triple cambio, Molina, Cardoso y Sorloth, al que Arteta respondió inmediatamente con triple cambio, Hincapié, Odegaard y Madueke. Ese juego de espejos se desequilibró poco después, pero lo hizo de la peor manera en clave rojiblanca. El tobillo de Julián dijo basta justo a la vez que el físico de Griezmann, así que el Atlético tuvo que agotar sustituciones con un mundo por jugarse y con un aspecto cada vez más desnaturalizado. Gyökeres, a todo esto, estuvo a punto de firmar el segundo.
Efectivamente, el resto fue un querer y no poder, con Baena y Almada en su línea del curso, con Zubimendi sobre el césped por si acaso, con el juego detenido cada dos por tres y el trencilla encantado de que así fuera… y con Sorloth desperdiciando de forma lamentable la última visitante, incapaz siquiera de golpear a la pelota. La Champions se le iba por el sumidero a un Atlético en todo caso conmovedor, que hasta el pitido final estuvo a tiro de eliminatoria. Pero fue que no. Hasta ahí había llegado. El dolor pesa ahora, el orgullo nunca deja de pesar…

/Escrito por Alberto Barbero para Marca

Facebook
Twitter
Instagram
YouTube
RSS