Argentina goleó 7-0 a Burkina Faso en el segundo amistoso internacional de la fecha FIFA de octubre, en una jornada en la que el resultado terminó siendo mucho más contundente que el verdadero valor futbolístico de la prueba para la Scalonetta
La Selección dirigida por Lionel Scaloni cumplió con su obligación, fue ampliamente superior, aprovechó prácticamente cada espacio que encontró y construyó una goleada que pudo ser todavía mayor. Sin embargo, el contexto convirtió al encuentro en algo mucho más cercano a un trámite que a una exigencia internacional.
La diferencia no estuvo solamente en la jerarquía individual y colectiva de ambos seleccionados. Burkina Faso llegó al país apenas unas horas antes del partido y presentó una formación de características juveniles, circunstancia que dejó al conjunto africano en una evidente desventaja desde antes de que comenzara a rodar la pelota. Por eso, aunque Argentina fue seria, eficaz y contundente, la magnitud de la victoria difícilmente puede utilizarse como una medida real de su nivel competitivo.
La Selección, eso sí, hizo exactamente lo que debía hacer. No se relajó ante un rival claramente inferior, mantuvo la intensidad y convirtió rápidamente las oportunidades que tuvo. En ese sentido, la actuación también habla de una característica que el equipo de Scaloni ha consolidado con el paso del tiempo: incluso cuando el contexto invita a bajar el ritmo, mantiene una estructura reconocible y busca atacar con determinación.
La goleada comenzó a tomar forma prácticamente desde el inicio. Apenas a los 2 minutos, Giay fue derribado dentro del área y Argentina tuvo la posibilidad de abrir el marcador desde el punto penal. Lautaro Martínez asumió la responsabilidad, pero su primera ejecución no terminó en gol. Sin embargo, el delantero reaccionó rápidamente y aprovechó el rebote para establecer el 1-0.
El tanto tempranero abrió todavía más un partido que ya parecía inclinado de antemano. Burkina Faso no encontraba respuestas para contener la circulación argentina ni lograba sostener las diferentes variantes ofensivas que proponía la Albiceleste. La presión, la movilidad y la diferencia técnica comenzaron a traducirse rápidamente en ocasiones.
A los 8 minutos llegó el segundo. Argentina volvió a atacar, encontró espacio para enviar un centro al área y Moumoune Diallo, en su intento por despejar la acción, terminó enviando el balón contra su propia portería. El 2-0 dejó todavía más expuesta la enorme distancia entre ambos equipos y confirmó que la noche podía convertirse rápidamente en una goleada.
Cuatro minutos después apareció nuevamente Lautaro Martínez como protagonista. El delantero recibió y participó en la construcción de una nueva acción ofensiva que terminó con Gianluca Prestianni, quien aprovechó la asistencia del atacante para marcar el 3-0 a los 12 minutos. Argentina había convertido tres goles en apenas un puñado de minutos y el partido prácticamente había quedado sentenciado antes de llegar al cuarto de hora.
El problema para Burkina Faso ya no era solamente contener los ataques argentinos, sino encontrar alguna manera de modificar la dinámica del encuentro. Cada pérdida se convertía en una posibilidad para la Albiceleste y cada recuperación argentina parecía generar una nueva llegada. La Selección aprovechaba la enorme cantidad de espacios y atacaba con una facilidad que difícilmente habría encontrado ante un adversario con mayor preparación y jerarquía.
Después de unos minutos en los que el marcador se mantuvo estable, Nico Paz apareció para convertir el cuarto tanto. El volante volvió a demostrar su capacidad para llegar a posiciones ofensivas y participar en una estructura argentina que, ante la escasa resistencia rival, encontraba caminos prácticamente en todos los sectores del campo.
El quinto llegó a los 36 minutos, esta vez por intermedio de Julián Álvarez. El delantero volvió a inscribirse en el marcador y llevó la ventaja hasta un 5-0 que terminó de convertir el amistoso en una exhibición unilateral.
El segundo tiempo, en consecuencia, tuvo como principal interrogante determinar hasta dónde podía llegar la diferencia. Argentina ya había hecho prácticamente todo el trabajo durante los primeros 45 minutos y Burkina Faso tenía por delante una tarea enorme para evitar que la goleada adquiriera dimensiones todavía mayores.
Pero la Albiceleste no levantó completamente el pie del acelerador. A los pocos minutos de la segunda mitad, Franco Mastantuono apareció para marcar el 6-0 y terminar de sepultar cualquier posibilidad de reacción africana. El encuentro se había transformado definitivamente en una sesión ofensiva para Argentina y en un ejercicio de resistencia para Burkina Faso.
La goleada tuvo un último capítulo en el tiempo de descuento. Giuliano Simeone, mediante un cabezazo, estableció el 7-0 definitivo, cerrando una noche en la que Argentina convirtió siete goles y terminó imponiendo una diferencia abismal.
El resultado, sin embargo, obliga a separar dos cuestiones que pueden confundirse fácilmente. Desde el punto de vista de la eficacia, Argentina cumplió de manera sobresaliente. Marcó temprano, aprovechó sus oportunidades, mantuvo la intensidad y no permitió que el partido se complicara. Pero desde la perspectiva de la evaluación futbolística, el encuentro ofrece muy poco para determinar cuánto ha evolucionado realmente el equipo frente a rivales de mayor nivel.
Ahí aparece el verdadero problema de esta clase de amistosos. Una goleada de 7-0 puede ser espectacular para las estadísticas, pero pierde buena parte de su valor como parámetro cuando el rival llega horas antes del encuentro y presenta un plantel juvenil. La superioridad argentina era esperable antes del pitazo inicial y terminó confirmándose de una manera tan contundente que prácticamente no existió partido desde el punto de vista competitivo.
Por eso, más que una demostración definitiva de poderío, la noche debe entenderse como una oportunidad para observar movimientos, darle minutos a determinados futbolistas y mantener activa la estructura de la Selección. La actuación fue seria y profesional, pero el adversario no permitió medir los aspectos que realmente suelen poner a prueba a un equipo de la dimensión de Argentina.
La Scaloneta respondió con una goleada que, por el marcador, quedará registrada como una de sus victorias más contundentes. Pero detrás del 7-0 queda una sensación inevitable: el partido terminó siendo más útil para Argentina como entrenamiento de alto nivel que como verdadera prueba internacional.
Y ahí está la contradicción de la noche. Argentina hizo todo bien dentro de la cancha, pero el amistoso estuvo lejos de ofrecerle el examen que necesitaba. El resultado fue perfecto; la competencia, prácticamente inexistente.
/Julián Lautaro Luque, correpsonsal de todofutbol en Argentina

Facebook
Twitter
Instagram
YouTube
RSS